(sobre) vivir con fobia social

…Actuar sin pensar.

Hacer cosas sin medir las consecuencias. Embarcarme en proyectos sin considerar si tendrían éxito o no.

 

…Alabar sin ser alabado.

Reconocer en los otros la capacidad que yo no tengo. Felicitar por logros que nunca obtendré, sin envidias, sin pena, sin rencor.

 

…Admitir mis errores.

Sí. Sin darle mil vueltas al por qué me equivoqué o cuántas veces me equivoqué en lo mismo.

 

…Invitar sin esperar un sí.

NUnca sabré qué me perdí o qué dejé de hacer, por el temor de preguntar. Quizás ya conocería  Roma, o París. Quizás ya tendría hijos, quizás ya tendría fortuna.

 

…Actuar sin observar.

Porque observando conoces desde tu perspectiva, pero involucrarse significa ver desde otro ángulo, del lado inseguro, del lado que nos enseña.

 

…Vivir en paz.

Porque sólo así mueres de la misma forma. Pero la fobia no te deja. Maldita fobia, maldita muerte.

Hace poco una lectora me propuso una genial idea: armar un grupo de trabajo, algo así como un grupo de terapia, para que nos ayudemos en la superación de nuestros temores.

Si algo he aprendido en todo este tiempo es que esto sí se puede superar. Sólo basta tener las ganas y rodearse de gente que quiera ayudar. Yo tengo las ganas, las tengo desde hace tiempo, y si bien he tenido tropiezos y muchas desilusiones, nunca me daré por vencido.

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Pues la invitación es a eso, a que nos atrevamos a hacer un grupo y compartir nuestras penas, pero también nuestros logros. La idea va tomando forma, pero por ahora baste con extender la invitación a quien se quiera unir.

Acá no hay lucro ni nada de eso. Sólo con el afán de prestar y recibir ayuda a través de lo que quizás más nos cuesta: la comunicación. El único requisito es estar relativamente cerca de Santiago (Chile), que es desde donde escribo y es donde vive también quien plantea esta gran idea.

Si estás intersado/a, envíame un correo a elpeordelosmiedos@gmail.com.

Ojalá que esto prenda 🙂

Debo decir que me he visto tentado a cerrar este espacio en innumerables ocasiones.}
La única razón que me impide hacerlo es que siempre encuentro comentarios de personas X, que no conozco y probablemente jamás conoceré, que de alguna manera se benefician de lo que escribo. A ellos, a ustedes, agradezco, porque si no tuviera visitas o no tuviera comentarios, la historia sería distinta.

La idea del cierre tiene mucho que ver con mis vías de escape. Tiene que ver con mis ganas de arrancar, de perderme en alguna parte donde nadie me conozca. De comenzar de cero (una vez más). Lo he hecho tantas veces y tantas veces ha parecido dar resultado. Hasta que, claro, hay que dar vuelta la página otra vez.

Hace varias semanas que vengo sintiendo esto, de que se me ha ido todo a negro, de que tengo que dar vuelta la página. Pero, y no sé por qué, eso significa borrar todo. Dejar bajo la alfombra todo lo que existe hoy, absolutamente TODO.

A veces siento que nada vale la pena. No sé si así serán las ideaciones suicidas, pero siento que nada importa. Obviamente, es una opinión subjetiva. Alguien puede venir y decirme “pero si la vida es tan linda”, y su juicio tiene mucho que ver con la forma en que esa persona ha vivido su porción de vida. Me creo en el justo derecho de decir: “ven y vive la mía y vemos si sigues con tu opinión”. Quizás me gustaría tener las oportunidades que otros han tenido (esos otros que valoran su existencia) para ver si tengo una opinión distinta. Pero no es así.

Todo se vino a negro, hace rato. Hace algún tiempo comenté cómo era que sentía estar en una suerte de “despertar”, saliendo de las fobias, para encontrarme desterrado y solo, con ganas de recuperar el terreno que ya se perdió, pero sin éxito. Esa conexión no logro hacerla y las personas que me conocen y saben de mis problemas tampoco la entienden. He llegado a un punto en que ni eso me importa. Estoy de a poco volviendo a la burbuja, sin que nadie se entere de qué pasa por mi mente, porque no conozco a nadie, A NADIE, que esté dispuesto a escuchar sin juzgar, a ayudar con empatía en lugar de juicio, a estar “a pesar de”. En ese sentido, no tengo amigos, ni uno solo. Para mí no existe ni el amor ni la amistad. Así de duro, pero así de real en mi circunstancia. Quizás haya quienes puedan decir que hay alguien que los apoya. En mi caso, nadie.

En estas condiciones de soledad, uno empieza a pensar (a diario) en morir. Yo no solamente lo pienso, lo sueño a menudo. Sueño que muero, aunque ninguno de estos sueños ha sido placentero. En ninguno de ellos encuentro paz y eso me asusta. Porquee no es que quiera matarme, es solamente que a veces pienso que la muerte me ronda y que en cualquier momento voy a tener un accidente fatal. Suelo andar en bicicleta y ya he tenido dos accidentes en que un vehículo me ha tirado al suelo. No sé si contaré la tercera. De verdad, no quiero quitarme la vida (más por una convicción filosófica que por otra cosa), pero a veces creo que morir no sería mala idea.

Cuando tengo tiempo libre suelo pensar demasiado. Debe ser mi naturaleza, el dar vueltas a las cosas, descubrir los porqué y buscarle un sentido a cada suceso que vivo.

Últimamente he caido en la cuenta de que estoy muy solo. Tras varios meses de haber recibido mi alta, me hallo solitario y triste. Si bien es cierto que nunca he tenido muchos amigos, hoy esta situación me incomoda. Antes no le prestaba mucha atención. Más bien ignoraba mi soledad, sabiendo que era cómodo no tener que enfrentarme a ese mundo que me atemorizaba. Hoy, en cambio, con ganas de hacer cosas, me doy cuenta de que no tengo con quién hacerlas.

Entonces, con el tiempo de que dispongo aprovecho de pensar. La siguiente comparación parecerá exagerada, pero estoy seguro de que nadie más que no haya pasado por lo que vivo podría comprenderla y considerar que es una analogía muy acertada. Salir de una fobia como la fobia social debe parecerse mucho a estar encerrado durante muchos años en una prisión y salir en libertad.

Vivir con fobia social es estar privado de libertad, de la libertad para hacer amigos e interactuar con el entorno social. Quizás la gran diferencia es que la fobia es una celda que no han impuesto otros, sino que está ahi, con sus rejas, desde que no te acuerdas cuándo, pero que nadie ha construido más que el cúmulo de vivencias del fóbico social.

Según esta analogía, podría considerar mi alta como la obtención de mi libertad. Sin embargo, de la misma forma en que un ex convicto no logra insertarse en el sistema, el fóbico social tampoco logra entrar en la vida social. En ambas situaciones, creo que se debe al entorno que no se pone en los zapatos del que acaba de salir al mundo. En ambos casos, es el ex convicto el que tiene que luchar por encontrar el camino a la reinserción social.

Superar la fobia social u obtener el alta del sicólogo (es posible que no se trate de lo mismo), no basta para gritar victoria y creer que no hay daños colaterales.

En mi caso, siempre estuve bastante aislado, solamente que ahora eso molesta demasiado. Hubo un tiempo en que podían pasar meses en que yo no hiciera más que mi rutina de estudios o trabajo, sin ningún contacto social en los ratos libres, situación que, como ya indiqué más arriba, me acomodaba. Era más fácil ignorar lo que me sucedía que dar el salto y enfrentarme a los miedos y las crisis de pánico. Los daños colaterales que mencioné consisten en que esta comodidad implicó no desarrollar relaciones sociales. Entablar una amistad para una persona puede ser lo más natural del mundo. Para un fóbico social es, en cambio, un muro demasiado alto para saltar. Ya que las analogías funcionan cuando se trata de explicar algo, digamos que sería como escribir con la mano izquierda para alguien que es diestro: resulta demasiado complicado y el resultado es digno de risa.

Pues eso, acá estoy, después de varios meses de recibir mi alta y tan solo como antes de obtener esa noticia. Creo que no podría haber puesto mejor nombre a este blog que aquel que tiene. La fobia social es sin duda el peor de los miedos. Es el miedo al miedo, es el miedo a lo que necesitas para sobrevivir en el mundo: relaciones sociales. Es un miedo que trae daños colaterales que subsisten mucho después de que crees haber superado la fobia.

Hace ya un tiempo que no me pasaba por acá. Bueno, si creéis que me he dado la gran vida después de obtener mi “alta”, lamento desilusionarlos… He tratado, sí, pero de ahí a ser gran vida, no.

Pero vamos al grano. Hoy me han dado ganas de escribir sobre esto de San Valentín, Día del Amor, Día de los Enamorados, o como queráis ponerle.

Yo creo ser un tipo con suerte (variable, por cierto.. a ratos he tenido de la buena y a ratos de la mala, quedándome, muy a mi pesar, en esta última racha por demasiado tiempo) y digo esto porque puedo decir que he tenido relaciones de pareja estables. Ahora no hay nadie a mi lado (románticamente hablando), y es una situación que se ha sostenido en el tiempo durante varios y largos meses. Aún así, y pensando en esto de San Valentín, caí en la cuenta de que no recuerdo un día del amor con una pareja a mi lado. De verdad que no. Quizás tengo la extraña capacidad de bloquear los buenos recuerdos (porque imagino que un día del amor debería ser un buen recuerdo), pero lo cierto es que no tengo memoria de haber pasado un 14 de febrero con alguien a quien saludar y de quien recibir un saludo.

En fin, no es gran cosa. A fin de cuentas esto del día del amor, igual que la Navidad y los demás días “especiales” del año, no es más que una jugada del comercio para hacernos gastar nuestro dinero y quedarnos tranquilos pensando que cumplimos. Porque si nos ponemos a pensar (en serio), no nos costará concluir que en una relación de pareja el amor se debería demostrar a diario, y que todos los días es una oportunidad para exteriorizar ese amor que decimos sentir hacia el otro. De hecho, comprar flores antes del 14 de febrero resulta mucho más económico que hacerlo el día ya señalado. Entonces, vamos, que es mucho más conveniente demostrarse cariño los otros 364 días del año que hacerlo justo cuando a todos se les ocurre. Incluso, me atrevo a decir, hacerlo cuando no se espera (cualquier día que no sea catorce de febrero) da hasta mejores resultados.

Para un fóbico social, esto de celebrar el día del amor es tan extraño como la Navidad para un musulmán. Ser fóbico social y tener pareja es casi un milagro y, al menos yo, nunca logré, creo, extender el milagro hasta el día de San Valentín. Pero insisto, no debemos caer en el juego del comercio y sentirnos peor el 14 de febrero, solamente porque los medios nos bombardean con mensajes que, a fin de cuentas, se reducen a: “COMPRE, gaste su dinero este 14 de febrero, porque es EL día para declarar amor”. Insisto, el amor se declara a diario y no hay un día especial para hacerlo. O se hace a diario o mejor pensamos que ese amor no durará mucho más.

Así que, fóbicos sociales (solteros y solteras) los invito a pensar en el 14 de febrero como cualquier otro día. Será verano para algunos, invierno para otros, pero es otro día más en el calendario. No tienes pareja, y no importa. Los planetas no se han alineado para que ello ocurra, pero es lo de menos. Lo importante es que cada día, incluso el 14 de febrero, es un día más para buscar ser mejores personas, para desafiarnos y dejar atrás este fantasma que yo insisto en llamar “el peor de los miedos”.

Un abrazo a todos.

Hace algo más de tres años entré a la consulta de una sicóloga para intentar resolver mi problema con los miedos y las crisis de pánico. Era 2004 y había vivido experiencias, pero me estaba dando cuenta de que la vida pasaba por mi lado sin que yo lo notase siquiera. Al notarlo me incomodé: yo quería subirme a ese carro también.

Pasó el tiempo y saqué de lo más íntimo de mi ser una serie de emociones muy arraigadas, ideas y pensamientos errados (la mayor parte referente a mí mismo) y así fui enfrentándome a mi persona. Durante todo este tiempo logré mirarme al espejo y verme tal cual soy, sin interpretaciones, sin muchas al menos, y pude darme cuenta que soy uno más, como cualquiera, pero que soy una persona con proyecciones, con posibilidades, con destino. Y no porque sea especial, sino porque yo quiero pensar y creer que yo también puedo. Que puedo vivir, que puedo subirme al carro y disfrutar del viaje, como parecen hacer los demás, aquellos que no saben ni conocen el peor de los miedos.

Hoy, tras más de tres años de terapia y de haber cambiado una vez de terapeuta, Nicole, mi sicóloga, mi coach y por qué no decirlo, ahora mi amiga, me ha dado el alta. Y siento que la merezco, que la gané, no sin esfuerzo, no sin lágrimas derramadas, no sin tropiezos, pero ahora sé que soy capaz, que puedo, que merezco y que he iniciado un camino para no retornar.

A los que me leen y están recién descubriendo sus fobias, sólo puedo decirles que no hay más límites que aquellos que fijamos en la mente. Se puede, sí que se puede. Hay que querer, tener voluntad y levantarse cada vez que se cae.

Hoy estoy feliz, porque sé que tengo triunfos, porque sé que esto recién comienza. Alguna vez dije que dejaría de escribir cuando superara esto, pero ahora tengo mucho que contar, y así quizás pueda ayudarles en este proceso difícil pero valioso que significa salir del peor de los miedos.

Lo reconozco. Soy un irresponsable (no me juzguen!!, que sé hacerlo solo :P)

Pues bien, es cierto que he estado vagando, vale decir, he estado tratando de hacer cosas y creo que he avanzado mucho en este año. Es por eso que no me he animado a escribir, cuando quizás debería escribir aún más y contarles las cosas buenas que me han sucedido, a modo de inspiración para otros, para ustedes, que me leen y pasan por lo mismo que yo.

No puedo decir que estoy 100% recuperado, pero voy por buen camino, creo. Han cambiado varias cosas (dentro de mí) que me han permitido arriesgarme más y preocuparme menos. A fin de cuentas, esto de la fobia social se origina en el interior de la persona y los miedos, si bien son reales, no tienen un fundamento “verdadero”.

Estoy cambiando mi chip interior, la imagen que creo en mi mente de mí mismo y que necesariamente se proyecta en el exterior. Y créanme que da resultados. El asunto de exponerse al mundo es que te viene de bueno y de malo, y que siendo seres tan sensibles nos podemos asustar por lo malo y volver a ocultarnos como si fuéramos ratoncillos arrancando del gato. Hay que ir por parte, despacio por las piedras y dar el salto solamente cuando estamos confiados y concientes de que al saltar nos podemos estrellar contra el suelo más de un par de veces. Pero como decía alguien por ahí, lo importante no es caerse sino saber levantarse.

Y vaya que me he caido, pero acá estoy, levantándome otra vez (porque soy porfiado/perseverante) y esperando que ocurran cosas buenas también.

Haré como los políticos y me atreveré a prometerles historias y más posts.

Gracias a todos los que vienen a ver si hay algo nuevo. Si desean contactarme de forma personal, pueden escribir al mail del blog, que lo consulto a diario: elpeordelosmiedos@gmail.com.

Saludos,
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Termina otro fin de semana, uno como tantos, sin nada que hacer y nada que contar. El viernes entré al departamento y no he asomado por la puerta ni un solo instante. Es domingo en la noche y solamente volveré a dejar mi “lugar seguro” mañana lunes, temprano, para ir al trabajo.

Y lo triste es que no ha sido mi opción esta vez. Es verdad que he hecho avances y estoy atreviéndome a hacer cosas. Sin embargo, todavía no soy capaz de hacer cosas solo. Si para el común de la gente, hacer cosas solo puede resultar aburrido, poco atractivo y hasta temerario, para mí lo es el doble. Entonces, ¿por qué hacerlo? La respuesta está en que no hay compañía. No hay amigos.

Dicen que la amistad es de las relaciones humanas más frecuentes. Somos seres sociales por naturaleza, pero un fóbico social es por naturaleza un ser antisocial. No soy excepción a la regla y en la vida me ha costado mucho crear lazos con las personas. No sé hacer amigos, nunca supe cómo y creo que ya no aprendí. Esto tiene resultados bastante frustrantes, en el sentido de que uno, aunque quiere hacer cosas, se reprime porque no tiene con quién compartir esas actividades.

Hoy estuve leyendo sobre amistad, y encontré que en la amistad se manifiestan cosas como las siguientes:

  • Agrado por compartir actividades, ideas, gustos, experiencias
  • Pasar tiempo juntos (debido a lo anterior)
  • Confianza y sinceridad
  • Interés y preocupación por el amigo y su bienestar
  • Reunirse, comunicarse, convivir

En mi caso, estas características se dan solamente con una persona, y no estoy considerando a la familia. Los familiares lo serán siempre y no es una relación que se decida como la amistad. Y cuando hablo de familia, incluyo a mis cuñados. Así que, sin temor de ofender a nadie, puedo decir con propiedad que solamente tengo 1 amigo. Amiga, en mi caso. El resto son personas que coinciden conmigo en el trabajo. Personas que existen en mi vida de lunes a viernes, pero que desaparecen sábados, domingos, festivos y vacaciones. Son personas con quienes no existen los llamados telefónicos, sino solamente los “buenos días” y “hasta mañana”.

Edit: además de esta amiga que menciono, que es alguien a quien puedo ver, tengo otra amiga, virtual, es de España y solamente nos conocemos por Messenger. Es poco probable que alguna vez podamos compartir frente a frente, pero ella siempre está dispuesta a leerme y a subirme el ánimo. Gracias Elena.

Mi amiga ha sido una gran ayuda para mí. Gracias a ella he podido hacer cosas los últimos tres meses. Con ella me he atrevido a ir a conciertos, a un pub y hasta a bailar. Pero cuando ella no está o tiene otra agenda, mis posibilidades de hacer cosas se anulan. Este fin de semana ella tenía otros planes y es absolutamente válido. Y si no es porque todavía es soltera, quizás mi vida sería más que el infierno que me parece ahora. Por eso es que vuelvo a lo de intentar hacer cosas solo. Ir a un concierto o al cine solo, ir a sentarme a la barra de un pub solo, ir a una disco sin compañía, aunque sea para sentarme frente a la barra y emborracharme mientras veo a los demás pasarlo bien. Pero no me atrevo. No tengo los cojones para eso. En cambio, para evadir la frustración, me encierro en la habitación a escuchar música y beber entre cuatro paredes, sin testigos, mientras me declaro perdedor frente a las evidencias, de conectarme a Messenger y no encontrar ningún saludo, de ver que de 10 llamadas en mi celular, 5 son de mi mamá, 3 son número equivocado y 2 son ofertas de algún agente de marketing y ventas que desea mi dinero.

Suena patético, y lo es. En ningún momento mencioné que mi vida fuera envidiable ni mucho menos. Sin embargo, sé que estoy en un proceso y que sigo teniendo la esperanza de algún día dejar de escribir en este espacio. Pero falta mucho camino que recorrer. Mientras avanzo, seguiré dejando mi huella aquí.

Ya no hay estímulo. Perdí la batalla sin siquiera haberla iniciado. En realidad, no hay por qué luchar. La chica del post anterior ya no está. Volvió con su ex y ya no hay nada que hacer.

Me he dado cuenta de que cada vez que enfrento una desilusión me recrimino a mí mismo. En este caso en particular, no fui lo “suficientemente bueno” para convertirme en una opción al ex. Como sea, los hechos son innegables y aquí estoy mordiendo la pena y tratando de sobrellevar el sentimiento de soledad.

Hay ratos como ahora en que siento que estoy demás. El mundo sigue su curso y es como un tren que me ha dejado en la estación. Todos siguen con sus vidas y yo sigo en el mismo capítulo de mi historia, sin lograr avanzar. Quizás para los demás resulte sencillo o lógico (seguir adelante), para mí en cambio es un obstáculo muy grande. Me cuesta seguir, cada vez me cuesta más hacerlo. Por lo mismo, me cuesta aventurarme a situaciones nuevas o a repetir vivencias que ya me han hecho mal, como esto de conocer a una chica y darte cuenta de que ella no está sintiendo lo mismo que tú. Me ha pasado varias veces, pero esa experiencia solamente me ha servido para sufrir cada vez más. Cuando vuelvo a vivir la situación me la pienso una, dos y tres veces, antes de ceder a mis sensaciones y sentimientos. La próxima vez la pensaré cuatro. Y luego, cinco. Y más tarde llegará un momento en que me negaré siquiera a la posibilidad de sentir.

A veces quisiera morir y terminar con todo esto de una buena vez. Pero aparte de fóbico soy cobarde. Detesto el dolor, y detesto aún más la posibilidad de no lograr el objetivo. Sí, varias veces pensé que sería mejor no vivir, que vivir a medias o “sobrevivir”, que es lo que me sucede a mí. Pero entre el posible dolor de salir de este mundo y la constante tortura de estar inmerso en él pero sin participar, he podido decidirme por esta última opción, aún cuando significa sentirme separado, ajeno, solitario.

Si alguno se pregunta cómo es que un rechazo puede provocar esto, contestaré que no es el rechazo. Estas ideas siempre han estado ahí, presentes, escondidas, latentes. Basta que algo ocurra para que salgan a la luz, como queriendo recordarte quién eres, indicando que los hechos confirman todos tus pensamientos. No es “ella” en particular. Pudiera haber sido cualquier otra. El problema nunca fue ella, sino yo.

Uno de mis variados problemas es querer tener todo bajo control. Cuando algo se escapa del plan, comienza la ansiedad, de ahí la angustia y desde ese lugar al ataque de pánico hay muy poco espacio.

Pues bien, para alguien que ha vivido en un mundo tan reducido, salir al mundo de verdad y tratar de vencer las fobias implica, necesariamente, encontrarse con situaciones que se salen de control.

En un mundo reducido, formado por las cosas que te acomodan y conoces bien, con gente que conoces bien y que te da confianza, el control de las cosas es algo relativamente sencillo. La ansiedad y la angustia están en tus manos.

El problema surge cuando aparece algo o alguien que deseas con fuerza, y que para alcanzarlo tienes que salir a ese mundo que te aterra. Me está pasando precisamente eso. Algunos días atrás conocí a una chica que me flechó. Hace tiempo que una mujer no me atraía como ella. Yo no sé qué le habrá pasado a ella, pero creo que esta vez no renunciaré a la posibilidad de conocerla mejor, como ya he renunciado otras veces debido a los miedos.

Y no es que sea más valiente que antes, pero tengo una motivación. Y esta motivación es un motor que me permite avanzar a pesar de los miedos. O quizás no avanzar, pero al menos intentar hacerlo.

Quizás para vencer miedos sea necesario contar con una motivación. Evidentemente, es mejor que la motivación venga desde dentro: un deseo por cambiar y mejorar. Pero, ¿para qué cambiar y mejorar si dentro de ese mundo pequeño que habitamos estamos protegidos? Creo que, siempre, la razón para cambiar tiene que ver con algo que viene de afuera.

Saludos.

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