(sobre) vivir con fobia social

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Cuando tengo tiempo libre suelo pensar demasiado. Debe ser mi naturaleza, el dar vueltas a las cosas, descubrir los porqué y buscarle un sentido a cada suceso que vivo.

Últimamente he caido en la cuenta de que estoy muy solo. Tras varios meses de haber recibido mi alta, me hallo solitario y triste. Si bien es cierto que nunca he tenido muchos amigos, hoy esta situación me incomoda. Antes no le prestaba mucha atención. Más bien ignoraba mi soledad, sabiendo que era cómodo no tener que enfrentarme a ese mundo que me atemorizaba. Hoy, en cambio, con ganas de hacer cosas, me doy cuenta de que no tengo con quién hacerlas.

Entonces, con el tiempo de que dispongo aprovecho de pensar. La siguiente comparación parecerá exagerada, pero estoy seguro de que nadie más que no haya pasado por lo que vivo podría comprenderla y considerar que es una analogía muy acertada. Salir de una fobia como la fobia social debe parecerse mucho a estar encerrado durante muchos años en una prisión y salir en libertad.

Vivir con fobia social es estar privado de libertad, de la libertad para hacer amigos e interactuar con el entorno social. Quizás la gran diferencia es que la fobia es una celda que no han impuesto otros, sino que está ahi, con sus rejas, desde que no te acuerdas cuándo, pero que nadie ha construido más que el cúmulo de vivencias del fóbico social.

Según esta analogía, podría considerar mi alta como la obtención de mi libertad. Sin embargo, de la misma forma en que un ex convicto no logra insertarse en el sistema, el fóbico social tampoco logra entrar en la vida social. En ambas situaciones, creo que se debe al entorno que no se pone en los zapatos del que acaba de salir al mundo. En ambos casos, es el ex convicto el que tiene que luchar por encontrar el camino a la reinserción social.

Superar la fobia social u obtener el alta del sicólogo (es posible que no se trate de lo mismo), no basta para gritar victoria y creer que no hay daños colaterales.

En mi caso, siempre estuve bastante aislado, solamente que ahora eso molesta demasiado. Hubo un tiempo en que podían pasar meses en que yo no hiciera más que mi rutina de estudios o trabajo, sin ningún contacto social en los ratos libres, situación que, como ya indiqué más arriba, me acomodaba. Era más fácil ignorar lo que me sucedía que dar el salto y enfrentarme a los miedos y las crisis de pánico. Los daños colaterales que mencioné consisten en que esta comodidad implicó no desarrollar relaciones sociales. Entablar una amistad para una persona puede ser lo más natural del mundo. Para un fóbico social es, en cambio, un muro demasiado alto para saltar. Ya que las analogías funcionan cuando se trata de explicar algo, digamos que sería como escribir con la mano izquierda para alguien que es diestro: resulta demasiado complicado y el resultado es digno de risa.

Pues eso, acá estoy, después de varios meses de recibir mi alta y tan solo como antes de obtener esa noticia. Creo que no podría haber puesto mejor nombre a este blog que aquel que tiene. La fobia social es sin duda el peor de los miedos. Es el miedo al miedo, es el miedo a lo que necesitas para sobrevivir en el mundo: relaciones sociales. Es un miedo que trae daños colaterales que subsisten mucho después de que crees haber superado la fobia.

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