(sobre) vivir con fobia social

Archive for octubre 2006

El viernes recién pasado me sucedió algo que no me sucedía en años.
Si tengo un vicio ese es fumar (tabaco) y los días de semana me veo obligado a dejar la oficina varias veces durante el día y salir a la calle para saciar el apetito de nicotina. De modo que el viernes tomé el ascensor a eso del mediodía y al salir del edificio encendí un cigarrillo. Tras unos dos minutos veo salir a una mujer de traje que parecía tener más o menos mi edad. Me pidió fuego. Hasta aquí todo normal, pues es frecuente que preste mi encendedor cada vez que estoy fumando. Luego de devolverme el encendedor, ella seguramente seguiría su camino y yo seguiría divagando sobre las cosas de la vida que son ajenas a mi existencia; sin embargo, se quedó ahí, a un metro de mi, y tras un par de segundos me mete conversa.

“¿Tú trabajas aquí en este edificio?”, la pregunta me pilló de sorpresa y mientras pensaba que no era necesario que me hablase tan sólo por haberle prestado fuego, me di cuenta que no tenía opción sino contestarle. “Sí, en el piso xx, en una empresa de xxxx”. La conversación siguió en cosas muy superficiales, le hice un par de preguntas y cuando acabé mi cigarrillo lo apagué en un cenicero del lugar a unos dos metros y regresé a su lado para contemplar el más incómodo de todos los silencios. No sé en realidad si ella deseaba seguir conversando o no, ni la razón de por qué quiso conversar en primer lugar, el asunto es que sólo atiné a decir “tengo que volver”. Di media vuelta con una agilidad y una angustia abismantes y desaparecí en el ascensor.

Esto es algo que no me pasa a menudo (que me hable una extraña) y quizás por lo mismo me comporté, creo yo, estúpidamente. ¿Por qué tiene que ser tan angustiante? Mientras estuve ahí con ella me sentí ridículo y extremadamente observado, como si a medida que hablaba ella escaneara cada centímetro de mi cuerpo y mis palabras, todo parte de un examen de aptitudes que, claro está, no podría haber aprobado. Ahora pienso que sin esta maldita FS quizás podría haber preguntado su nombre, o haberle dicho que me parecía una persona interesante y que me gustaría volver a conversar con ella. Pero nada de eso, sólo quería huir y esconderme y saber qué razones pudo haber tenido para entablar esa extraña conversación conmigo.

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Entre las muchas cosas que no tolero está almorzar solo. En realidad, la ocasión del almuerzo es una dificultad casi en sí misma, ya que también me cuesta almorzar acompañado (la incomodidad es inversamente proporcional a la cantidad de comensales), pero extrañamente (como si todo esto ya no fuera extraño en sí mismo), almorzar solo me incomoda mucho más que almorzar con otra persona. Sí, tanto que soy capaz de no almorzar, como hoy.

Lamentablemente, mis ganas de almorzar acompañado varían diariamente. Pueden haber días en que la incomodidad no es invalidante y logro salir a almorzar con una o más personas. Afortunadamente, así es la mayoría de las veces. Sin embargo, en otras ocasiones esa sensación de angustia es tan fuerte que prefiero quedarme en la oficina y ordenar algo por teléfono. Es muy posible que por esto no tenga una compañía definida para almorzar. Almuerzo con distintas personas, aunque hay colegas con quienes jamás he almorzado.

Desde un tiempo a esta parte he estado almorzando con M. M es una colega con mucho menos tiempo en la empresa y con quien se ha dado una química muy especial, reforzada por el hecho de que tuve que capacitarla desde su primer día. En todo este tiempo es ella quien me ha pedido que almorcemos juntos (para un FS como yo, invitar a almorzar es una misión imposible). A veces lo hacía y cuando no, yo salía con los colegas de siempre. El asunto es que en las últimas semanas hemos estado saliendo todos los días. Hasta hoy. Al llegar la hora de almuerzo sencillamente se levantó de su puesto y salió. Aquellos colegas de siempre tampoco me avisaron que salían a almorzar y, en resumen, me quedé sin invitación a comer. Me dio rabia, pero también sentí impotencia por ser incapaz de salir solo. Cuando M volvió, me preguntó si todavía no salía a almorzar y por qué. En mi cabeza la respuesta era “porque no me dijiste que fuera contigo”, pero mi lengua respondió “saldré en un rato más si es que me animo”.

No le dije nada. Guarde silencio y en el resto de la tarde no volví a conversar con ella. Solamente respondía escuetamente a sus intervenciones, muy distinto a lo usual en que ella dice algo y yo contesto con otra cosa que siempre saca alguna sonrisa o celebración de su parte. No salí a almorzar y apenas pude ir a comprar un sandwich que me hiciera olvidar el apetito que tenía a esa hora.

¿Debería haberle dicho, cuando ella iba saliendo, si acaso almorzábamos juntos? ¿Debería haberme unido a los colegas de siempre? ¿Debería haber almorzado solo? Sin duda, cualquiera de estas tres alternativas eran válidas, y probablemente sencillas de realizar, pero para mí han sido, al menos hoy, una misión imposible.

Para un fóbico social, hacer llamadas telefónicas o trámites puede ser toda una tortura. En mi caso, este síntoma está muy marcado y lo sufro diariamente, pues debido a mi trabajo tengo que comunicarme telefónicamente con personas todos los días. No tengo escape, aunque varias veces he cambiado el teléfono por un mensaje de correo electrónico y otras tantas he esperado incluso varias horas antes de levantar el auricular y hacer la llamada. Por lo general, cuando llamo prefiero hacerlo cuando estoy solo o cuando hay muy pocos colegas cerca de mí en la oficina. Sin embargo, hay muchas otras llamadas (aquellas no relacionadas con trabajo) que esperan días y meses sin que pueda realizarlas. Algunos ejemplos:
– Quiero enterarme más sobre la cirugía Lasik (uso anteojos y me gustaría operarme la vista), pero he sido incapaz de llamar a los centros especializados
– Llevo algún tiempo viviendo solo y todavía hay cuentas que llegan a mi domicilio anterior (el de mis padres), pero no he podido llamar para actualizar mis datos de contacto
– Quiero averiguar sobre mis posibilidades de crédito hipotecario, pero no me atrevo a llamar a los bancos
– Hace algunos meses, un maestro vino a hacer unos arreglos en la logia del departamento, pero el trabajo quedó inconcluso por razones de fuerza mayor. Estas razones ya no existen, de modo que debería venir a terminar su trabajo. ¿Adivinaron? No he podido llamarlo

La lista suma y sigue. Para mí, llamar por teléfono o salir a hacer trámites es como pedirle a alguien con miedo a las alturas que se lance en paracaídas.

La fobia social es una enfermedad que se presenta en 6 de cada 100 personas en Chile. Quienes no la conocen pueden confundirla con la timidez y no reconocerla como una enfermedad, un trastorno mental que puede llegar a ser grave, pero que sin embargo tiene tratamiento y buen pronóstico para la mayoría de quienes la padecen.

Entre los síntomas de la Fobia social se cuentan los siguientes:

1. Miedo terrible a hacer o decir algo que cause vergüenza frente a los demás.
2. Temor a cometer errores y a ser juzgado por ello.
4. Temor a encuentros inesperados con conocidos, familiares o amigos.
5. Dificultad para participar en reuniones sociales.
6. Incapacidad para mirar a los ojos a otras personas.
7. Rubor, sudoración o náuseas al participar en actividades con otras personas (reuniones de trabajo, fiestas, etc.)

La sintomatología del fóbico social puede variar bastante. Como en todas las fobias, este trastorno impide llevar una vida normal y plena. La dificultad para relacionarse con los demás puede generar depresión e ideaciones suicidas. En algunos casos (casi 40% de los pacientes, según Wikipedia), los fóbicos sociales suelen refugiarse en el alcohol o las drogas para poder vencer el temor y hacer cosas que, en condiciones normales, no podrían hacer.

Soy parte de ese 6% de chilenos que padece fobia social. Me diagnosticaron la enfermedad hace menos de 2 años, pero es muy posible que me haya acompañado desde la adolescencia. Es posible que mucha gente padezca fobia social sin saberlo (es fácil confundirla con una extrema timidez) y que no acuda a un especialista para enterarse de ello. En mi caso, la fobia social vino acompañada de crisis de pánico, y fueron éstas las que me hicieron consultar a una siquiatra. Mis crisis de pánico eran fuertes: episodios que duraban entre 2 y 10 minutos, en que mis extremidades se adormecían, mi corazón palpitaba a mil y yo estaba seguro que era el preludio a mi muerte.

Estuve con medicamentos durante más de un año y he estado en terapia durante casi dos. Hace unos tres meses tuve una ruptura sentimental que hizo reaparecer la fobia. Hoy estoy en tratamiento médico nuevamente y esta es mi historia.


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